Colaboradores: 'Leer el silencio' por Elisa Rodríguez Court

El quinqué


Leer el silencio


Elisa Rodríguez Court 


De igual modo que les ocurre a los lectores con las malas novelas, asistir a la vida de otros puede convertirse en una tarea plúmbea. También cansina cuando estos reducen de forma permanente su discurso a un regodeo en la anécdota. Elevado cualquier vano incidente a lo sagrado, es capaz de llenar una conversación sin fin como esas novelas innecesariamente demasiado largas.

Parece que la dicha de la soledad y la introspección han dejado de ocupar un espacio prominente en el teatro ruidoso de la realidad. De ahí que muchos descubramos en la literatura ese territorio donde aún es posible leer el silencio. Es lo que me ha sucedido durante la lectura de El cielo es azul, la tierra blanca, novela de Hiromi Kawakami. En ella se narra el encuentro repetido e intencionadamente fortuito de dos amantes que se acompañan en sus inaccesibles soledades. Un acercamiento sutil entre el profesor Matsumoto, un anciano de 70 años, y su ex alumna Tsukiko, de 38 años. Ambos suelen coincidir en una taberna donde comparten, entre borracheras de sake y platos de comida, el instante. Más tarde emprenden juntos alguna aventura, pero la atmósfera entre ellos seguirá siendo la misma. Aunque se echan de menos cuando no coinciden en el lugar, ninguno de los dos se propone ni el deslumbramiento ni la posesión de la otra parte. Juntos se sienten a gusto y viven felizmente cada momento, sin llegar a caer en la costumbre del mutuo acomodo.

Escrita esta novela en un tono contenido y en una prosa bellamente ligera, sus protagonistas se mantienen con frecuencia en silencio, cara a cara sumergidos en los propios pensamientos. Sus diálogos son parcos en palabras, detrás de las cuales suelen revelarse nuevos sentidos. Sus encuentros están marcados antes por lo que se calla que por lo que se dice. Ni Matsumoto ni Tsukiko necesitan reproducir esas circunstancias en las que las personas se encuentran para cubrir un vacío con otro vacío. 

Lástima que la vida imite solo ocasionalmente a la buena literatura.

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